Empezando por anécdotas mitológicas hasta llegar a la versión cristiana de mostrar al diablo como lujurioso y cornudo. Es así como la infidelidad ha sido por siglos simbolizada con un par de cuernos. Representación que para algunos es motivo de burla y para otros de ofensa. Aunque también la cornamente ha sido relacionada con fuerza y potencia sexual. Aquí van algunas de las teorías que existen sobre el origen de la expresión “poner los cuernos”.

En la antigüedad la figura de llevar los cuernos se aplicaba solamente a los maridos engañados. El machismo descalificaba a la mujer infiel más no al hombre. Aunque culturalmente ésta diferenciación  no ha cambiado mucho, en la actualidad aplica para todo tipo de relación amorosa. Sin embargo, en el diccionario de la RAE, los cuernos hacen referencia a una infidelidad matrimonial exclusivamente. Mientras que el cabrón, en el mismo diccionario, es aquel hombre que padece la infidelidad de su mujer.

Cuernos

Los cuernos como símbolo de infidelidad. Históricamente ha sido a la mujer a quien se le ha asignado el papel de infiel, y al hombre como víctima de dichas infidelidades

Los cuernos mitológicos

La mitología romana nos cuenta que Mercurio – dios del comercio – tuvo amoríos con Penélope. La esposa de Ulises (el que se fue durante 20 años a pelear a la Guerra de Troya) quedó embarazada. Fruto de este amor infiel nació el semidiós Pan. Caracterizado por los cuernos, la barba y las patas de cabra. Pan fue asociado por el cristianismo a la imagen del demonio. Por supuesto sus cuernos fueron imagen de la traición de Penélope a su marido.

De otra parte, la mitología griega nos habla de la traición de Pasífae a su esposo el rey Minos. Ella sostuvo relaciones con el Toro de Creta y de esta unión nació el Minotauro. Personaje con cuernos, cola de toro y cuerpo de humano. También en este caso la cornamenta del Minotauro da fe de la infidelidad de Pasífae a su esposo.

Aún hay más. En la Edad Media existía una escabrosa costumbre ejercida por los señores feudales. Se llamaba “derecho de pernada”. Un ejercicio de poder donde cada mujer de un feudo, antes de casarse, debía entregarle su virginidad al “patrón”. Como símbolo de este acto en la puerta de la casa de la joven eran colgados unos cachos de ovejo. De modo que al novio “le ponían los cuernos”.

Así mismo vemos cómo históricamente los hombres con poder usaban el sexo como muestra de autoridad y virilidad. Por ejemplo, cada jefe de una tribu de vikingos podía elegir la mujer que quisiera para un momento de placer. En la puerta de la vivienda de dicha mujer eran puestos los cuernos  de un alce o venado como señal. Igualmente jeques o sultanes de Arabia. Y así existen en la historia gran cantidad de relatos.

“Poner los cuernos” viene de España

La literatura española de los siglos XVI y XVII está plagada de referencias a las expresiones relacionadas con los cuernos y la infidelidad. Claro ejemplo la obra “El Siglo del Cuerno” de Francisco de Quevedo con su lenguaje explícito referente a las infidelidades. Es justamente durante esta época que el uso de la expresión “poner los cuernos” se generaliza. Posteriormente la frase llegó a las colonias españolas en América, donde el uso se ha extendido hasta nuestros tiempos.

Existen diferentes variaciones de la expresión. Aunque todas muestran la ridiculización del engañado, poniéndole algo en la cabeza. Es así como existe “montar los cachos“, “el del sombrero verde”, “le pusieron el gorro”, o “hacer el Sancho”, entre otras.

En una mezcla de mitología, folclore y religión, los cuernos – o cachos – han sobrevivido a través de la historia como símbolo de traiciones, lujuria y desamor. Una expresión que reúne vestigios de antiguas culturas. Evidencia del poder de la sexualidad en la evolución de la humanidad. Pero presente de manera viva en el lenguaje y en la realidad alrededor del mundo.

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