Un poco más de 1000 años a. C. los celtas (pueblos que habitaban el norte de Europa en la Edad de Hierro) decoraban un roble en el día de solsticio de invierno. Día que se caracteriza por tener la noche más larga del año en el hemisferio norte del planeta. Es decir, en el calendario actual, el 21 de diciembre. En aquel tiempo celebraban el nacimiento de Frey, dios del sol y de la fertilidad. No es casualidad que los católicos celebren las festividades del nacimiento de Cristo, en la misma época que lo hacían los antiguos paganos.

Cuando los primeros cristianos misioneros llegaron a aquellas tierras, encontraron celebraciones relacionadas con los elementos de la naturaleza. En lugar de intentar eliminar por completo creencias antiguas, mezclaron ritos y personajes, intercambiando unos y otros. Fue así como San Bonifacio, evangelizador de Alemania en el siglo VIII, reemplazó el roble por un abeto -familiar del pino- como símbolo del árbol del paraíso y de la vida eterna. Una gran estrategia de mercadeo la de este santo. Para los celtas el roble significaba el árbol del universo. En la copa vivían los dioses, en las raíces los muertos, y en las ramas la tierra y los astros. Lo decoraban en invierno porque era la época en la cual perdía sus hojas y su color verde. Así lo preparaban para el nacimiento del sol, hijo de la Gran Madre.

San Bonifacio conservó el concepto del árbol, al igual que el concepto del hijo de la madre de los cielos. Conservó los adornos y la época del año. Solamente hizo algunas adaptaciones que se fueron transformando y se conservan en la actualidad. Para los celtas el árbol era un elemento sagrado, unión entre el cielo y la tierra. Entonces se institucionalizó el pino, el cual conserva su color verde incluso en invierno, para así simbolizar la vida eterna. Su forma triangular se asoció a la Santísima Trinidad (Padre, Hijo, Espíritu Santo). Le colgaron manzanas para simbolizar la tentación y los dones de Dios. Y se conservaron las velas para simbolizar la luz de Cristo, en lugar del dios sol.

El árbol de Navidad pedagógico

Como parte del ejercicio evangelizador en Europa durante el medioevo, se realizaban obras de teatro callejeras. En aquella época casi la totalidad del pueblo era analfabeta. Las escrituras o libros de la Biblia se explicaban de esta manera. Para contar la historia del bien y del mal, ponían un pino o un abeto en la mitad del escenario. Le colgaban manzanas y galletas que se repartían al final de la obra. Y los demás adornos como las luces y guirnaldas se dejaban junto con el árbol que permanecía varias semanas decorando las plazas.

El primer registro histórico de un árbol de estos, puesto específicamente con motivo de la Navidad, es de 1605 en Hesse – Alemania. Aunque desde 1521 en Estrasburgo – Francia, ya existían árboles decorados especialmente por las familias en invierno. Fue allí donde lo bautizaron como árbol de Navidad. Desde aquella época esta última ciudad se ha caracterizado en Europa por sus árboles y por tener el mercado navideño más grande del continente.

árbol de Navidad tradicional en la actualidad

árbol de Navidad tradicional en la actualidad

De Alemania la costumbre del árbol invernal viajó a Inglaterra a finales del siglo XVIII de manos de Carlota de Hannover, esposa del rey Jorge III. Sin embargo, pocos años después, la reina Victoria y su esposo alemán Alberto de Sajonia, llevaron la última moda en estilos navideños al Palacio de Windsor. Por ende a los salones ingleses. Muchas familias aristocráticas convirtieron el árbol de Navidad en objeto de culto dentro de las cortes europeas. Fue cuestión de tiempo para que el famoso árbol llegara a sus respectivas colonias en América.

Desde la antigüedad los humanos le hemos adjudicado poderes mágicos o medicinales a los árboles y sus hojas. Actualmente, el árbol de Navidad se ha convertido en símbolo de la fiesta decembrina familiar por excelencia alrededor del mundo.

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